Estamos tan preocupados de vigilar el espacio público real, que se nos olvida otro, no menos peligroso, llamado virtual, y que no por ello es menos real. Hace poco salió a la prensa la noticia del robo de decenas de miles de contraseñas de usuarios de los más famosos servicios de correo electrónico. El truco era fácil: se usaban páginas falsas en las que los usuarios introducían sus datos voluntariamente. Pero puso en el centro de atención otro aspecto: lo poco que nos preocupamos por las contraseñas que usamos en la Red. Básicamente, venimos a contradecir todos los consejos que al respecto se dan, como no utilizar la misma contraseña para diversos servicios, usar números y letras o cambiar las contraseñas cada cierto tiempo.
A esto se suman otros riesgos virtuales -y reales- a los que estamos expuestos a diario en Internet: redes “sociales” donde introducimos datos e imágenes privadas de nuestra vida, uso de tarjetas de crédito o débito… ¿Las consecuencias? En multitud de ocasiones ni tan siquiera las percibimos, como por ejemplo cuando una empresa recopila información sobre las aficiones de un colectivo de personas para una campaña publicitaria. Otras veces, podemos recibir una sorpresa al mirar que en los extractos bancarios aparecen compras que no hemos realizado. En algunas ocasiones, el asunto puede ser bastante más grave, como los casos de suplantación de identidad.
Llegados a este punto parece evidente nuestra incoherencia con respecto a la seguridad, y la barra libre que nos permitimos en la Red. Por mostrarlo de algún modo, nos alejamos por la calle de aquellas personas que nos causan miedo, cuando sentados delante de nuestro ordenador estamos –virtualmente- junto a multitud de desconocidos, no considerando los riesgos –estos reales- que nos puedan acechar.

Cecilia Cinjordis Catalá 4.2.
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